Los veo los viernes cuando voy para el taller. A veces son dos, otras es uno solo. Cuando aparece ante mí la vetusta iglesia del hospital, automáticamente mis ojos buscan la escena. Cajas sucias y rotas, basura, una frazada gruesa con cuadros grandes y marrones, un montón de madera ennegrecidas de tanto arder y un par de bolsas remendadas. Los rayos del sol intentan acomodarse entre los árboles e iluminan ,como en un escenario , a un gato vagabundo. Destacándose, descubro su cuerpo estirado durmiendo el sueño al aire libre. Esta vez está solo. El día que lo vi despierto me turbó su juventud, su espesa barba rojiza, su actitud pensativa. Hoy está solo, duerme junto a la humedad y la vejez de la pared del templo que no le pide ninguna explicación.
El ómnibus continuaba su marcha alejándome del lugar pero yo retenía la imagen. Tanto que la llevé a casa y me la quedé varios días.
Ayer lo volví a ver. Esta vez estaba acompañado. La pobreza envolvía dos soledades que yacían en propiedad horizontal.
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