jueves, 25 de marzo de 2010

EL PROFESOR DE ITALIANO


Oculto en una pensión de la calle San Juan transcurre sus días, tipeando papeles que convierte a otro idioma. Traducir es su oficio, vivir su dificultad. Tiene clientes regulares que generalmente traen cartas comerciales que son devueltas traducidas a un impecable italiano. Algunas veces son formularios del consulado, solicitadas con urgencia por algún viajero.

Todo lo que pasa por sus manos es traducido pero lo que nunca puede entender ni descifrar es lo que siente su corazón atormentado.

Una vez, como tantas, sonó el timbre en la puerta de calle. Como tantas veces, atravesó el largo y sombrío pasillo con el paso cansino. Ya no esperaba a nadie, por lo tanto abrió la puerta sin interés.

Ella se sobresaltó y confundida le preguntó si allí vivía el profesor de italiano. Él tuvo tiempo, antes de contestar que sí, de revisarla toda. El cabello suave y dorado caía desordenado sobre sus hombros. El cuerpo firme y joven no se dejaba ocultar por la ropa y las manos se batían como alas, sosteniendo un par de hojas de colores.

Ella le habló de cartas, de un amor lejano, del idioma. Tratando de recuperarse, él la invitó a pasar y como si tuviera en sus manos un cristal delicado, la hizo sentar en una de sus dos únicas sillas. La pieza de la pensión se había iluminado. Las ventanas captaban el azul de sus ojos y la vibración de su cuerpo daba vida a sus pocas pertenencias.

Así fue el primer encuentro, luego se sucedieron muchos.

Ella traía sus cartas para ser traducidas y esperaba quieta mientras él la miraba sin decir nada. En sus delirios nocturnos él tramaba poseerla, tenerla para siempre, enredarse en sus brazos, besarla y así despertaba, cansado de soñar, de esperar, de querer.

Sentado en la silla que ella usaba en sus visitas, trataba de hallar la palabra justa...Esa traducción le había ocupado muchas horas.

Il rosaio cresce e meraviglia mentre...

Mientras, a él no le importaban ni el rosal que crecía ni ante bajo cabe con ni tras ni según. Tampoco importaba Vivaldi que insistía con las Cuatro Estaciones.

Furioso rompió los papeles, tiró las sillas contra la puerta y se acostó a dormir. Se tapó hasta las orejas y así amaneció al día siguiente.

Llovía. El agua salpicaba con brillos la estrecha visión que le permitía la ventana de la pieza de la pensión. Él sabía que ese día sucedería algo diferente.

Desayunó, se bañó, se perfumó, se puso su mejor traje y se puso a esperar.

Esperó, mirando fijamente la silla vacía.

Escuchó que la lluvia golpeaba pero no la dejó entrar. Pasó el viento, asolando los postigos, tampoco le contestó. Lo lastimó el sol entrando en su mesa, cegándolo, pero no cerró los ojos. Sólo estaba allí para esperar. Pasaron el día, la semana, los meses, los años, la vida.

La pieza se alquila, pero cuando llega la gente a verla sucede siempre lo mismo y sigue quedando vacía. Nadie quiere ocupar un lugar habitado por inquilinos traviesos que hacen sonar a Vivaldi mientras agitan sobre la mesa confusas cartas escritas en papeles de colores.

LA POBREZA


Los veo los viernes cuando voy para el taller. A veces son dos, otras es uno solo. Cuando aparece ante mí la vetusta iglesia del hospital, automáticamente mis ojos buscan la escena. Cajas sucias y rotas, basura, una frazada gruesa con cuadros grandes y marrones, un montón de madera ennegrecidas de tanto arder y un par de bolsas remendadas. Los rayos del sol intentan acomodarse entre los árboles e iluminan ,como en un escenario , a un gato vagabundo. Destacándose, descubro su cuerpo estirado durmiendo el sueño al aire libre. Esta vez está solo. El día que lo vi despierto me turbó su juventud, su espesa barba rojiza, su actitud pensativa. Hoy está solo, duerme junto a la humedad y la vejez de la pared del templo que no le pide ninguna explicación.

El ómnibus continuaba su marcha alejándome del lugar pero yo retenía la imagen. Tanto que la llevé a casa y me la quedé varios días.

Ayer lo volví a ver. Esta vez estaba acompañado. La pobreza envolvía dos soledades que yacían en propiedad horizontal.

Acerca de la vida , acerca del amor


De a uno o de a dos o un poco de cada cosa. Parece un acertijo sin solución. Es el debate en muchas reuniones de mujeres o de hombres. El o ella , los solos , alternan su soledad con añoranzas de compartir momentos en pareja. Los miembros de las parejas ansían a veces secretamente, otras a viva voz, la libertad que poseen los solos.

Los cambios sociales a través de este trajinado siglo que pasó fueron posicionando a la mujer en roles diferentes, hasta llegar a lo actual: Calles atestadas de vehículos conducidos por féminas que se dirigen a sus puestos de trabajo, que por cierto son cada vez más numerosos en proporción a los ocupados por los hombres. Estas mujeres a su vez se convierten en sostén único del hogar y el hombre es desplazado de su rol de proveedor, porque perdió su empleo. La familia se ha disuelto y en los casos felices ambos padres contribuyen a la manutención de los hijos, en los menos es uno solo y ahora, aquí en Argentina, muchas veces ninguno.

Todo este reacomodamiento crea fragilidad en los vínculos, desconfianza, confusión, insatisfacción y una gran soledad. Creo que a esto conduce este proceso de mutación de los hábitos sociales. Tanto reclamo de independencia, de no invasión aumenta las distancias, genera incomunicación y en definitiva se deja de permitir que el amor circule generoso entre los humanos.

Escucho al varón estoy bárbaro che, entro y salgo cuando quiero, no hay mas bruja que me controle, que porqué no arreglé el enchufe, que no la saco nunca a pasear, miro los partidos de fútbol sin interrupciones, estoy muy bien así , a mi no me agarran más.

Escucho a la mujer yo ni loca vuelvo a vivir con alguien, cama afuera querida, siempre novios, lavar calzoncillos de vuelta jamás y cuando se descompone algo llamo a un técnico que lo arregle. Así no tengo que escuchar mas quejas.

Si tuviese que graficar estos dos últimos párrafos dibujaría a un hombre de espaldas a una mujer en una eterna postura no-negociable.

Me preocupa y me incluyo porque como mujer me reconozco en algunas de esas expresiones. También me descubro sosteniendo un papel que a veces me pesa demasiado: Yo puedo sola. No me tiene que jorobar el hecho de entrar a un negocio a comprar sanitarios y ver parejas que eligen renovar la casa o comenzar el armado del futuro nido.

Es este momento donde viene al teclado de mi computadora la palabra Mandatos. ¿Cuántos hay, cuánto influyen, como interfieren en esta transición? ¿Cuánto pesan? ¿Qué pasará con esta generación que se animó a tantos cambios? ¿Cuánto del entorno socava las relaciones? Cuantas preguntas...

Esta noche estoy pensando en voz alta pero también lo estoy haciendo por escrito y las palabras quedaron expuestas en esta hoja de papel. Ahora están ante su vista.Tal vez ayuden a generar comunicación, a sentirse identificado/a con mis pensamientos o enojado/a o en desacuerdo, o pueda como yo , liberar los fantasmas interiores.

jueves, 11 de marzo de 2010

CAFE TORTONI


La embarcación se despega del puerto de Buenos Aires con rumbo a ... podría decir simplemente al mar , a otros países, al mundo, al espacio abierto o al Universo. En su destino están los todos sitios disponibles; y yo aquí, dentro de este hotel , contemplando inmóvil a través de la cuadrada limitación, freno puesto a la libertad de mirar.

De pronto, camino por el corredor hacia los ascensores, desciendo, busco la calle, abro los ojos todo lo que puedo y el cielo cristalino de la tarde porteña me devuelve lo que por un instante me quitaron las ventanas.

Cuando cruzo la calle para ver mejor la 9 de julio, un joven me sorprende y me saca por un instante de la contemplación. El camina como en tinieblas, semidesnudo, farfullando incoherencias, ausente, tratando de elevarse por encima de aquello que lo asusta. Me hace pensar en tantas cosas verlo así, quisiera abrazarlo pero se aleja, dejándome un sabor amargo.

Un cartel atrapado en el tiempo anuncia HOTEL PORTOFINO y me sustrae de la realidad que golpea, para trasladarme a un pasado que no quiere morir.

La avenida de Mayo me recibe con su traje de domingo a la mañana , como no la tengo que cruzar corriendo aspiro su perfume y la disfruto palmo a palmo.Me sorprende una vereda que abre la boca para invitarme a ir de Piedras a Plaza de Mayo y su compañera de enfrente la imita pero el destino es la Primera Junta. Es curioso el ofrecimiento,ya que los provincianos no estamos acostumbrados. En Santa Fe como en el resto del país o se vuela o se flota o se va por encima de la tierra, nunca por debajo.

Continúo caminando hasta que mis pasos me ubican frente a la entrada del Tortoni y la emoción ocupa todo mi ser. Hasta siento irrespetuosa mi vestimenta para entrar en el local, pero me animo y abro la puerta para ubicarme en otra dimensión.

Todo lo que toco y veo es poco comparado a lo que siento flotar en el aire. Seres encerrados en vitrinas, posando en daguerrotipos color sepia asisten silenciosos al desfile de visitantes.Quizás estén ocupando una mesita al costado de los billares y sonrían picarescos.

Cuantas veces busqué algún indicio de Alfonsina junto al mar que la abrazó, sin saber que ella estaba esperándome escondida en el café.

Un ángel gris encerrado en un cuadro escucha atento las conversaciones de dos extranjeros. Estos nombran the sky y él suspira nostalgioso, añorando la libertad perdida.

Insisto en quedarme. Vuelvo a recorrer el local, robo servilletitas de papel que retienen en un logo antiguo el espíritu del bar.

El tiempo pasó y debo irme. Saludo a todos los espíritus, fantasmas y duendes que encuentro y les prometo volver.

Vuelvo al hotel y las primeras palabras de mi mejor cuento asoman en el papel blanco, obedeciendo quizás, al dictado de esos seres fantásticos.