jueves, 11 de marzo de 2010

CAFE TORTONI


La embarcación se despega del puerto de Buenos Aires con rumbo a ... podría decir simplemente al mar , a otros países, al mundo, al espacio abierto o al Universo. En su destino están los todos sitios disponibles; y yo aquí, dentro de este hotel , contemplando inmóvil a través de la cuadrada limitación, freno puesto a la libertad de mirar.

De pronto, camino por el corredor hacia los ascensores, desciendo, busco la calle, abro los ojos todo lo que puedo y el cielo cristalino de la tarde porteña me devuelve lo que por un instante me quitaron las ventanas.

Cuando cruzo la calle para ver mejor la 9 de julio, un joven me sorprende y me saca por un instante de la contemplación. El camina como en tinieblas, semidesnudo, farfullando incoherencias, ausente, tratando de elevarse por encima de aquello que lo asusta. Me hace pensar en tantas cosas verlo así, quisiera abrazarlo pero se aleja, dejándome un sabor amargo.

Un cartel atrapado en el tiempo anuncia HOTEL PORTOFINO y me sustrae de la realidad que golpea, para trasladarme a un pasado que no quiere morir.

La avenida de Mayo me recibe con su traje de domingo a la mañana , como no la tengo que cruzar corriendo aspiro su perfume y la disfruto palmo a palmo.Me sorprende una vereda que abre la boca para invitarme a ir de Piedras a Plaza de Mayo y su compañera de enfrente la imita pero el destino es la Primera Junta. Es curioso el ofrecimiento,ya que los provincianos no estamos acostumbrados. En Santa Fe como en el resto del país o se vuela o se flota o se va por encima de la tierra, nunca por debajo.

Continúo caminando hasta que mis pasos me ubican frente a la entrada del Tortoni y la emoción ocupa todo mi ser. Hasta siento irrespetuosa mi vestimenta para entrar en el local, pero me animo y abro la puerta para ubicarme en otra dimensión.

Todo lo que toco y veo es poco comparado a lo que siento flotar en el aire. Seres encerrados en vitrinas, posando en daguerrotipos color sepia asisten silenciosos al desfile de visitantes.Quizás estén ocupando una mesita al costado de los billares y sonrían picarescos.

Cuantas veces busqué algún indicio de Alfonsina junto al mar que la abrazó, sin saber que ella estaba esperándome escondida en el café.

Un ángel gris encerrado en un cuadro escucha atento las conversaciones de dos extranjeros. Estos nombran the sky y él suspira nostalgioso, añorando la libertad perdida.

Insisto en quedarme. Vuelvo a recorrer el local, robo servilletitas de papel que retienen en un logo antiguo el espíritu del bar.

El tiempo pasó y debo irme. Saludo a todos los espíritus, fantasmas y duendes que encuentro y les prometo volver.

Vuelvo al hotel y las primeras palabras de mi mejor cuento asoman en el papel blanco, obedeciendo quizás, al dictado de esos seres fantásticos.

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