Todo lo que pasa por sus manos es traducido pero lo que nunca puede entender ni descifrar es lo que siente su corazón atormentado.
Una vez, como tantas, sonó el timbre en la puerta de calle. Como tantas veces, atravesó el largo y sombrío pasillo con el paso cansino. Ya no esperaba a nadie, por lo tanto abrió la puerta sin interés.
Ella se sobresaltó y confundida le preguntó si allí vivía el profesor de italiano. Él tuvo tiempo, antes de contestar que sí, de revisarla toda. El cabello suave y dorado caía desordenado sobre sus hombros. El cuerpo firme y joven no se dejaba ocultar por la ropa y las manos se batían como alas, sosteniendo un par de hojas de colores.
Ella le habló de cartas, de un amor lejano, del idioma. Tratando de recuperarse, él la invitó a pasar y como si tuviera en sus manos un cristal delicado, la hizo sentar en una de sus dos únicas sillas. La pieza de la pensión se había iluminado. Las ventanas captaban el azul de sus ojos y la vibración de su cuerpo daba vida a sus pocas pertenencias.
Así fue el primer encuentro, luego se sucedieron muchos.
Ella traía sus cartas para ser traducidas y esperaba quieta mientras él la miraba sin decir nada. En sus delirios nocturnos él tramaba poseerla, tenerla para siempre, enredarse en sus brazos, besarla y así despertaba, cansado de soñar, de esperar, de querer.
Sentado en la silla que ella usaba en sus visitas, trataba de hallar la palabra justa...Esa traducción le había ocupado muchas horas.
Il rosaio cresce e meraviglia mentre...
Mientras, a él no le importaban ni el rosal que crecía ni ante bajo cabe con ni tras ni según. Tampoco importaba Vivaldi que insistía con las Cuatro Estaciones.
Furioso rompió los papeles, tiró las sillas contra la puerta y se acostó a dormir. Se tapó hasta las orejas y así amaneció al día siguiente.
Llovía. El agua salpicaba con brillos la estrecha visión que le permitía la ventana de la pieza de la pensión. Él sabía que ese día sucedería algo diferente.
Desayunó, se bañó, se perfumó, se puso su mejor traje y se puso a esperar.
Esperó, mirando fijamente la silla vacía.
Escuchó que la lluvia golpeaba pero no la dejó entrar. Pasó el viento, asolando los postigos, tampoco le contestó. Lo lastimó el sol entrando en su mesa, cegándolo, pero no cerró los ojos. Sólo estaba allí para esperar. Pasaron el día, la semana, los meses, los años, la vida.
La pieza se alquila, pero cuando llega la gente a verla sucede siempre lo mismo y sigue quedando vacía. Nadie quiere ocupar un lugar habitado por inquilinos traviesos que hacen sonar a Vivaldi mientras agitan sobre la mesa confusas cartas escritas en papeles de colores.
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